Celebrando el retorno de la Luz

En esta amplia región del mundo celebramos la Navidad, seamos cristianos practicantes o no. Nos sumamos a la fiesta familiar que se origina en el antiguo Yule nórdico y adornamos nuestras casas con objetos brillantes que multiplican la luz. El ‘adorno’ más popular y presente en nuestros hogares es el árbol de Navidad, natural o no, que llenamos de bolas, luces, guirnaldas y regalos.

Este árbol, que adornamos y colocamos estas fiestas en un rincón del salón, está cargado de este simbolismo trascendente: se trata en realidad de una réplica del Árbol de la Vida, símbolo universal presente en toda cultura. Es el Árbol que conecta el mundo humano (tronco) con el submundo (raíces) y el cielo (copa): el sicomoro para los antiguos egipcios, la palmera de Oriente, el melocotonero en China y variadas versiones en Europa -el avellano, manzano, sauce, roble… hasta el abeto de hoja perenne del dios Woden u Odín, el popular árbol de Navidad-.

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Lo que tomamos como meros adornos no son sino réplicas de antiquísimos símbolos anteriores a toda religión organizada, que festejan que la Luz, aún en los momentos de mayor oscuridad, no se extingue sino que nos acompaña, como un recordatorio de su renacimiento a partir del solsticio de invierno y de la vida renovada en la próxima primavera.

Los regalos expresan los dones que esperamos dar y recibir y los adornos brillantes colocados en sus ramas, la parte celeste del árbol, recuerdan las luces del firmamento, así como las almas ascendidas de los muertos, antepasados y seres queridos ausentes, cuyo recuerdo brilla más en días de reuniones familiares.

Que en este solsticio la luz que renace traiga abundantes dones para todos los seres.

Con nuestros mejores deseos para estas Fiestas.